miércoles, 28 de octubre de 2009

Un nuevo día

Cuando me desperté y miré por la ventana, me di cuenta que estaba solo en el mundo. No había nadie. Nadie. Todas las calles estaban desoladas. Hacía calor. El sol estaba muy fuerte y apuntaba directo a mi rostro asustado. Por inercia y costumbre caminé hacia mi baño, me lavé la cara, me miré en el espejo (seguía siendo yo) y me fui a bañar. Luego, rutinariamente, me sequé el cuerpo y me cambié de ropa. Me puse mi saco y mi corbata y me fui a la calle, a mi trabajo. Me sentía muy solo, el sol era lo único que había, un sol que me quemaba la cara sin preguntar.
-Ya llegué-me dije algo cansado y rojo. Cuando entré al edificio de mi trabajo por fin me sentí libre del sol que me mareaba y me hacía pensar en el desierto, en los espejismos que incluso me parecía ver. Entonces, ya más tranquilo, dejé mi saco y subí al tercer piso, donde busqué inmediatamente mi oficina. Al encontrarla me puse a revisar documentos, enviar mails, descargar programas, imprimir acuerdos. Así me pasé todo el día y cuando atardecía me fui a mi casa. El calor aún era fuerte. No podía creerlo. Así llegué a mi casa y me di cuenta de la soledad del mundo, fuerte y poderosa, de la desolación del mismo, del abandono…

Y de pronto me desperté y miré por la ventana y me di cuenta que estaba solo en el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario