Cuando mi padre murió no cambió nada o mejor dicho no cambiamos nada. Seguíamos poniendo ese individual en la cabecera de la mesa, justo a mi lado derecho. Nadie usaba la cuchara grande y antigua (regalo de mis abuelos) y nadie dormía en su espacio al lado de mi madre, quien no sacaba su ropa del walking clóset. Él estaba aún ahí, el aún se sentaba en su escritorio y dejaba sus libros (que nadie tocaba) en el mismo lugar. Siempre ordenado el viejo. El café siempre estaba listo en la mañana, el té en la noche, la limonada en el mediodía. Su silla siempre estaba ahí, nadie la usaba, solo él, nadie más que él la podía usar. Su carro nadie lo usaba, su carro que nunca quiso utilizar para dejar a nadie sino única y exclusivamente para él. Él seguía ahí, no había indicios de lo contrario, él seguía para mí, para mis hermanas, para mi madre, para la empleada y en nuestro mundo solo importamos nosotros. A veces un simple pero poderoso recuerdo puede aferrar a un pasado en el presente y lo puede mantener vivo, existente aunque sin ser. A veces solo sirve la tristeza y el no aceptar algo para que este algo permanezca siempre vivo, flotante en el peligroso mundo de los vivos.
Los días pasaron, así como las semanas, los meses, los años y todo fue igual o casi igual, pues de pronto mi madre se empezaba a quedar sola con la empleada y con mi papá. Mis hermanas viajaron y yo viajé. Los tres empezamos a vivir en Europa. Ellas en Alemania, estudiando derecho y ejerciéndolo ahí y yo primero en España estudiando literatura y luego en París, escribiendo y dictando clases.
Así ahora creo yo haber alcanzado algunas metas que me propuse y por eso hoy quise contárselo a mi padre, luego de haber hablado con mi madre por e-mail. Entonces, levanté el teléfono, marqué el número que aún recuerdo y empecé a esperar. En ese momento me di cuenta de algo: me di cuenta que lo que hacía, lo hacía por gusto, mi padre no iba a responder jamás, me di cuenta que lo único que yo hacía era traer un recuerdo a la mente, un recuerdo que debió haberse complementado con una realidad eterna, pero que no lo había hecho. Me di cuenta que mi padre había muerto.


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