No hay duda alguna: me levanté tarde. No salí de mi casa. Implacable cual nada en este mundo, nunca deteriorado ni por el tiempo tan poderoso, apareció y yo, inerte, callé. Callé y callé y acaso nunca más hablé. Hablar no debería hacerlo uno. No debería uno contar nunca nada y sin embargo cuánto conté, pero no, aquella vez solo callé. Infructuoso mi pasado y mi presente tan solo nada…nada, porque nada era, porque eso es lo único que vale en la descripción de este tiempo tan…nada. Futuro: también en mi caso, nada. La muerte no estaba cerca, no o no necesariamente, tan solo conocía yo a esto tan poderoso y extraño para mí. ¿Cómo se llama? Supongo que no todo en esta vida tiene un nombre.
Impasible intenté salir y tan solo me atrapé más y terminé haciendo lo que nunca pensé que iba a hacer. Todo lo hace uno por algo. Lo hice y no puedo describir su llanto. Lo hice y la sangre rodeó mi mano y empezó a caer lentamente cual representación lacónica del suceso o acaso cual presagio incesante de la misógina esfera, intrínseca, alejada o cercana. He ahí. Lo hice y nada más sucedió y tan solo con onírica presencia escuché el silencio inanimado de la bulla resplandeciente, así como igualmente vi la vida en un abrir y cerrar de ojos al lado de mis manos rojas, al lado de mí mismo sin alma, de mi persona convertida en una tortuosa y pequeña realidad. Lo hice y arranqué el órgano con mis manos y saltó más sangre y escuché todo y no escuché nada y dormí y desperté y “we know what we are but no what we may be” y más y contradicciones.
Mis pies avanzaron y no sé aún cómo se llama, solo sé que lo hice y la miré. Lo hice y la miré con frialdad espeluznante. La maté y miré hacia arriba. Del techo goteaban imparables pequeñas gotas de agua goteantes. El deterioro imposible de aquello es fascinante y cual si no fuera yo y a la vez lo fuera sonreí no sé si tan solo para mis adentros. Ineluctable aquello, la verdad; y nada en el presente, algo antes, nada después. Una sonrisa yaciente. Un arma y un hombre. La vida y la muerte.


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