sábado, 31 de octubre de 2009

La vida y la muerte

No hay duda alguna: me levanté tarde. No salí de mi casa. Implacable cual nada en este mundo, nunca deteriorado ni por el tiempo tan poderoso, apareció y yo, inerte, callé. Callé y callé y acaso nunca más hablé. Hablar no debería hacerlo uno. No debería uno contar nunca nada y sin embargo cuánto conté, pero no, aquella vez solo callé. Infructuoso mi pasado y mi presente tan solo nada…nada, porque nada era, porque eso es lo único que vale en la descripción de este tiempo tan…nada. Futuro: también en mi caso, nada. La muerte no estaba cerca, no o no necesariamente, tan solo conocía yo a esto tan poderoso y extraño para mí. ¿Cómo se llama? Supongo que no todo en esta vida tiene un nombre.
Impasible intenté salir y tan solo me atrapé más y terminé haciendo lo que nunca pensé que iba a hacer. Todo lo hace uno por algo. Lo hice y no puedo describir su llanto. Lo hice y la sangre rodeó mi mano y empezó a caer lentamente cual representación lacónica del suceso o acaso cual presagio incesante de la misógina esfera, intrínseca, alejada o cercana. He ahí. Lo hice y nada más sucedió y tan solo con onírica presencia escuché el silencio inanimado de la bulla resplandeciente, así como igualmente vi la vida en un abrir y cerrar de ojos al lado de mis manos rojas, al lado de mí mismo sin alma, de mi persona convertida en una tortuosa y pequeña realidad. Lo hice y arranqué el órgano con mis manos y saltó más sangre y escuché todo y no escuché nada y dormí y desperté y “we know what we are but no what we may be” y más y contradicciones.
Mis pies avanzaron y no sé aún cómo se llama, solo sé que lo hice y la miré. Lo hice y la miré con frialdad espeluznante. La maté y miré hacia arriba. Del techo goteaban imparables pequeñas gotas de agua goteantes. El deterioro imposible de aquello es fascinante y cual si no fuera yo y a la vez lo fuera sonreí no sé si tan solo para mis adentros. Ineluctable aquello, la verdad; y nada en el presente, algo antes, nada después. Una sonrisa yaciente. Un arma y un hombre. La vida y la muerte.

Un hombre, la verdad y la mentira

Ciega es la mirada
que he posado en el inerte futuro,
oscura se asoma la verdad,
camuflada, invisible, acaso obviada.

Las estrellas extranjeras
en este mundo de soledad,
se vienen acercando
por el iluminado sendero de la mentira.

La noche camina lenta por la desolada ciudad,
las personas sueñan en algo, en alguien;
unos ojos temerosos en cambio
solo miran por una ventana la calle.

Todo está tan cerca, se ve tan lejos,
la verdad ya se aleja
y la mentira por alguna tortuosa razón se queda.

viernes, 30 de octubre de 2009

Mi mente

Mi mente es un torbellino de imágenes
repartidas por el tiempo,
difundidas por la memoria,
separadas por las vivencias.

Hoy puedo describir estas imágenes
en unos versos tristes o felices,
puedo imaginarme a mis padres,
puedo ver sus tumbas.

Hoy, que proso estos versos,
puedo imaginar la noche y el día,
las estrellas, y de ellas su álgebra,
el sol, y de él su semblante augusto.

Hoy, puedo desfigurar la verdad,
como tantos,
hoy puedo ver sus ojos,
a través de los míos.

Hoy ausculto la noche del adiós,
hoy se quiebra un camino
en el tieso destino
del tortuoso mañana.

Hoy se enmarañan las mentiras,
las verdades,
la noche y el día.

Mi mente es un torbellino de imágenes
repartidas por el tiempo,
difundidas por la memoria,
separadas por las vivencias.

El inexorable final

Cuando mi padre murió no cambió nada o mejor dicho no cambiamos nada. Seguíamos poniendo ese individual en la cabecera de la mesa, justo a mi lado derecho. Nadie usaba la cuchara grande y antigua (regalo de mis abuelos) y nadie dormía en su espacio al lado de mi madre, quien no sacaba su ropa del walking clóset. Él estaba aún ahí, el aún se sentaba en su escritorio y dejaba sus libros (que nadie tocaba) en el mismo lugar. Siempre ordenado el viejo. El café siempre estaba listo en la mañana, el té en la noche, la limonada en el mediodía. Su silla siempre estaba ahí, nadie la usaba, solo él, nadie más que él la podía usar. Su carro nadie lo usaba, su carro que nunca quiso utilizar para dejar a nadie sino única y exclusivamente para él. Él seguía ahí, no había indicios de lo contrario, él seguía para mí, para mis hermanas, para mi madre, para la empleada y en nuestro mundo solo importamos nosotros. A veces un simple pero poderoso recuerdo puede aferrar a un pasado en el presente y lo puede mantener vivo, existente aunque sin ser. A veces solo sirve la tristeza y el no aceptar algo para que este algo permanezca siempre vivo, flotante en el peligroso mundo de los vivos.

Los días pasaron, así como las semanas, los meses, los años y todo fue igual o casi igual, pues de pronto mi madre se empezaba a quedar sola con la empleada y con mi papá. Mis hermanas viajaron y yo viajé. Los tres empezamos a vivir en Europa. Ellas en Alemania, estudiando derecho y ejerciéndolo ahí y yo primero en España estudiando literatura y luego en París, escribiendo y dictando clases.
Así ahora creo yo haber alcanzado algunas metas que me propuse y por eso hoy quise contárselo a mi padre, luego de haber hablado con mi madre por e-mail. Entonces, levanté el teléfono, marqué el número que aún recuerdo y empecé a esperar. En ese momento me di cuenta de algo: me di cuenta que lo que hacía, lo hacía por gusto, mi padre no iba a responder jamás, me di cuenta que lo único que yo hacía era traer un recuerdo a la mente, un recuerdo que debió haberse complementado con una realidad eterna, pero que no lo había hecho. Me di cuenta que mi padre había muerto.

Palabras de un hombre que iba a morir


Mi nombre es Tobías. Tengo veinte y seis años. Vivo en un departamento nuevo hace unos meses. Vivo solo. Antes vivía con mi padre y mi madre, quienes sin embargo han podido no continuar en esta vida, quienes han podido no conocerme o quienes han podido no tener otra niña que es mi hermana que por la tanto no hubiese tenido nombre, no se me hubiese llamado ni Mariana ni nada. Hoy es sábado trece, mañana es catorce, mi cumpleaños. Nací hace ya casi veinte y siete años en una clínica de Lima y he vivido con mis padres y mi hermana más o menos veinte y seis años de mi vida en una sola casa. Estudié en un colegio británico peruano y en una universidad, donde me especialicé en ingeniería civil. Mañana tengo una entrevista de trabajo. Sé que si me aceptan me pondrán en un puesto chico, pues soy joven y recién estoy sacando mi licenciatura. En fin creo que tendré que aceptarlo, pues así es la vida y si sigo así de bien con lo que me gusta, luego quizás me ascenderán y cumpliré mi sueño, aunque sé bien que podría no entrar al trabajo, que me podría perder en el mal camino y me podría ir mal. Pero eso no me va a pasar a mí. No ahora. Ahora estoy en un momento digamos bueno como puede tener cualquiera, desde un rey hasta un mendigo. Ahora me siento tranquilo, satisfecho conmigo mismo, aunque sé bien que, en cualquier momento alguien podría morir, vivir, nacer, sufrir para que yo cambie y me desestabilice o quizás me estabilice más. Todo puede pasar.

Hoy es sábado, estoy solo en mi departamento. Hace mucho calor como toda la semana lo ha hecho. Sé que todo puede pasar o de pronto puede dejar pasar para mí, sé que estoy vivo, sano y solo, pero también sé que todo puede cambiar de buenas a primeras. Ahora por fin lo sé.
Hace unos instantes me asomé a la ventana, miré por ella el sol que desaparecía y que dejaba pequeños dibujos rojos y rosados y anaranjados, por los que paseaban palomas volando, aterrizando con las alas abiertas y sin moverlas como si no pudieran, que de pronto bajaban y las dejaba de ver. Ahí me di cuenta de todo, me di cuenta que yo de todas formas iba a morir.

jueves, 29 de octubre de 2009

¿Quién?


Quién es quien me llama,
quién asoma sus ojos con tanta delicadeza,
con tanta finura,
con tanta tímidez.

Quién me mira en esa penumbra que es la realidad,
quién tuerce la vista hacia acá,
quién, con soslayada ventura,
no me deja dormir.

Quién es el que penetra mi soledad,
el que destituye mi llanto
y lo convierte en miedo.

Mis ojos están secos ya,
mi frente, sin embargo, suda,
mis manos también.

Mi demacrado cuerpo se esconde
en el tortuoso miedo
y siento, tiernas, unas manos que me abrazan.

Siento impetuoso un poder extraño
que me hace sudar,
siento acelerado mi corazón,
las manos las siento más fuertes.

Quién es quien me abraza
ante el inexorable futuro,
que se asoma impetuoso por la ventana de lo incierto;
quién es quien me calma y me calla...para siempre.

Verdad…es verdad

Dos pedazos de cielo, vacilantes,
se han posado sobre mi hombro;
una redonda piel de seda
se ha apoyado por mi codo
y su hermana se ha quedado afuera,
se ha quedado lejos.

Se ha acurrucado en mi mentón
un dulce pedazo partido de pasión;
una canción en mi mente ha morado,
por afuera pétalos de una rosa me han tocado,
entre ellos he dormitado.

Una pequeña, respingada lanza sin filo
en mis mejillas se ha acurrucado,
mis pómulos ha acariciado,
con ella yo había soñado.

Nieve he visto,
la luz la ha atravesado,
fragmentos de ella van cayendo,
un dulce pedazo de pasión partido me ha tocado,
con él he hecho contacto;

pétalos de una rosa me han acariciado,
más han participado;
a una redonda piel de seda he tocado,
y a su hermana también;
a aquella pequeña lanza caricias le he dado.

Los dos pedazos de cielo me han penetrado,
los he mirado, a una diosa he blasfemado,
no solo una verdad he desnudado…

Y ahora de pronto,
van cayendo poco a poco,
sobre mi pecho,
fragmentos,
varios fragmentos van cayendo,
fragmentos y fragmentos de amor.

Más allá de un poema

Recuerdos, olvidos,
pesadillas, imágenes,
ella, mi vida,
mi vida, lejana.

Ojos que ya no miran,
verdades escondidas
caricias escurridizas,
imágenes que recuerdo.

Solo a esperar,
¿ella vendrá?,
recuerdos obviados,
declaraciones evitadas.

He visto fantasmas,
te he visto,
a mí no,
pero pronto llegaré, pronto ahí estaré.

Sangre hermana,
grito en vano,
caminar peligroso,
destino cumplido.

Recuerdos lejanos
hoy cercanos,
recuerdo a ella, la veo,
me recuerdo, no estoy, ella me ve.

Tus putos ojos azules

Esbozo sutil del pasado,
de algo me acuerdo;
mirada perdida
en el mar de los recuerdos.

Cayó herido,
maldito el olvido,
por su culpa ha sido,
de algo me acuerdo.

Bostezo de verano,
miradas de arriba,
caricia perdida,
beso oxidado.

Alma inocente,
sutil mirada, perdida,
paciente es la espera,
maldita es la despedida.

Mirada extraviada,
abrazo muerto,
de algo me acuerdo,
el mar, no, no es el mar.

El cielo, lo veo,
de algo me acuerdo,
el cielo, no, no es el cielo,
tampoco el sueño.

Me acuerdo,
sutil esbozo aquel,
aquel de despedida,
tus ojos, aquellos, aquellos ojos.

Aquellos ojos,
aquellos tus ojos, los bellos,
aquellos ojos,
aquellos putos ojos.

Aquellos putos ojos tuyos,
los recuerdo, el amor, lo recuerdo,
aquellos putos ojos, aquellos tus ojos
tus ojos azules, tus putos ojos azules.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Un nuevo día

Cuando me desperté y miré por la ventana, me di cuenta que estaba solo en el mundo. No había nadie. Nadie. Todas las calles estaban desoladas. Hacía calor. El sol estaba muy fuerte y apuntaba directo a mi rostro asustado. Por inercia y costumbre caminé hacia mi baño, me lavé la cara, me miré en el espejo (seguía siendo yo) y me fui a bañar. Luego, rutinariamente, me sequé el cuerpo y me cambié de ropa. Me puse mi saco y mi corbata y me fui a la calle, a mi trabajo. Me sentía muy solo, el sol era lo único que había, un sol que me quemaba la cara sin preguntar.
-Ya llegué-me dije algo cansado y rojo. Cuando entré al edificio de mi trabajo por fin me sentí libre del sol que me mareaba y me hacía pensar en el desierto, en los espejismos que incluso me parecía ver. Entonces, ya más tranquilo, dejé mi saco y subí al tercer piso, donde busqué inmediatamente mi oficina. Al encontrarla me puse a revisar documentos, enviar mails, descargar programas, imprimir acuerdos. Así me pasé todo el día y cuando atardecía me fui a mi casa. El calor aún era fuerte. No podía creerlo. Así llegué a mi casa y me di cuenta de la soledad del mundo, fuerte y poderosa, de la desolación del mismo, del abandono…

Y de pronto me desperté y miré por la ventana y me di cuenta que estaba solo en el mundo.

El fútbol: orgía de egos

Vamos, ven, acércate, ven, ven, ven con la pelota, que te la voy a quitar, vamos, intenta pasarme y pronto sabrás que no podrás, vamos ven, que apenas la tenga me iré a tu arco; vamos intenta llevarme, que yo me barreré y lucharé contigo por la pelota, hasta que nuestro cuerpo se vuelva sudor, hasta que el sudor se vuelva pasto, el pasto se vuelva barro, el barro se vuelva corazón y el corazón se vuelva sangre y la sangre se vuelva para ti derrota, fracaso y para mí victoria, gloria. Ya estás cerca, ven báilame, o si no yo lo haré contigo y con todos, intenta pasar estas piernas, pero no podrás, pues son mejores que las tuyas, aunque digas lo contrario, haz tu mejor pirueta, hazla vamos ya, quedan pocos segundos, yo ahora tendré la pelota y yo haré lo mío, yo me llevaré a los defensas uno por uno, pasaré el balón por entre sus piernas o por el costado diciéndoles chau, al igual que yo, que seguiré al siguiente; amagaré irme a la derecha y me iré a la izquierda, correré con toda mi alma, porque soy el mejor, no ustedes que parecen serlo al evitar que lo inevitable pase, pero que no lo son, yo soy el mejor y lo demuestro, dejo a todos atrás, sigo corriendo, siento mi corazón en mis pies, y mis pies los siento en el corazón, la pelota rebota en mi mente, el pasto me envuelve en la embriaguez de la felicidad, de la danza, de la belleza que dibujo al dejar también al arquero atrás, y al, con mi mejor esfuerzo, quedarme solo, pateo y se ahoga la pelota y se entremezcla con el potente grito de ¡gol!, palabra que esconde entre sus letras la gloria, el cáliz de la victoria, de la divinidad de los Dioses, el gol es nuestro vino, es nuestro ahora así como también fue suyo, cuando ustedes pensaron ser los mejores, cuando todo lo nuestro era suyo; pero ahora es nuestro turno, ahora estamos sentados en el trono de nuestro reino, adornado por el hermoso olor a éxito…

Y todo siguió y entremezclóse el sudor, los gemidos, los gritos, los hombres, todos juntos por una sola razón, la misma que siempre ha de hacer a su vez lo mismo cada fin de semana en esta terrible orgía de verde y pelota, en esta orgía de quién es el mejor, en esta orgía de egos, en este, un partido de fútbol.

Qué trágica es la belleza
si nunca cesa,
qué bello es el amor
cuando no se descubre.

Recibir la verdad de la vida,
aquella vil mentira,
no vale nada
sin el digno e indigno saber de cada día.

La sangre del amor
yace erguida y se pasea por esta vida,
la sangre del humano es, sin embargo,
la real, la que vale en esta ruin mentira.

Al rayar el alba
un sinfín de preguntas,
sin fin el mar,
sin fin, luego, las estrellas.

Una imaginaria imagen llega a esta vida,
hacia el alba
lo vi en una pesadilla.

Cuando el corazón deja de latir

Alberto, Alicia, Farrah y Michael

Si bien allá, por los países desarrollados, comentan—y sufren—las inminentes muertes de Michael Jackson y Farrah Fawcett, acá además de esas, hacen noticia también las de nuestra Alicia Delgado y la de Andrade, ex alcalde de Lima. Y ahora viene casi obligadamente esa pregunta acaso supersticiosa que no tarda en instalarse en cada boca de cada persona: ¿Nos “ataca” una epidemia de muertes, por qué? La respuesta puede ser una de las siguientes: represalia de Dios contra la política (en el caso particular de Andrade), trilogía artística (en el caso de los otros tres), entre otras que son dichas con tremenda seguridad por muchos y que sin embargo no aseguran nada. El único hecho real y seguro es que estos cuatro personajes están muertos. ¿Pero a qué se debe esto? Esto se debe a un factor que se llama el ciclo de la vida. Todos estamos destinados a morir, todos vamos a morir en algún momento y así como en una semana murieron cuatro personajes públicos, cada día mueren miles de personas y nadie dice nada. Es obvio que la diferencia está en que estos últimos no son personajes públicos pero son personas al fin y al cabo, al igual que Michael Jackson y compañía. Todos hemos de morir algún día tarde o temprano; por distintas o parecidas razones; solos o acompañados.
La muerte nos ha de llegar un jueves, digamos, el mismo jueves que pudieron haber muerto dos primos nuestros (que ni siquiera se conocían quizás) o dos homónimos. Eso sucede por la cantidad de gente que hay en el mundo y el destino, en suma igual, que a todos nos toca.
Hoy no podemos hablar de la actualidad sin mencionar estas cuatro importantes defunciones, al igual que un día una familia cualquiera no podía hablar normalmente por la partida de uno o más allegados. Todos hemos de morir, solamente que nadie nunca piensa en ello, aunque lo sabe. Nunca nadie imagina la muerte de nadie, aunque esto pase siempre en esta vida, y nunca estamos preparados para cuando esto le sucede a alguien que simplemente no queremos que se vaya y menos para siempre. “Hijo, murió tu padre.” Llantos. Sufrimiento. Todo totalmente justificado, pero, ¿acaso no sabíamos que algún día el viejo se iba a morir? ¿Acaso eso no tiene que suceder? Pues la respuesta es simple y lamentablemente sí. “Hoy la noticia del día son las impresionantes muertes de dos grandes representantes de los Estados Unidos: Farrah Fawcett y Michael Jackson y también la muerte por estrangulación, de la princesa del folklore: Alicia Delgado.” Manos a la boca, algunas lágrimas, rezos exagerados y apurados, miradas al cielo, refranes famosos, ataques de furia, besos a una imagen, a un disco, a un DVD. Todo totalmente justificado, pero ¿acaso no sabíamos que algún día estos tres personajes se iban a morir? ¿Acaso eso no tiene que suceder? Pues la respuesta es simple y lamentablemente sí.

¿Olvidarte?

A todos los guerreros que luchan contra ellos mismos, contra su pasado.

Es de noche; te extraño. Me refugio en la obscuridad de los recuerdos, aquellos que hoy una lágrima me causan, aquellos mismos que me trajeron alguna vez satisfacción. El otoño se abre, le da paso al invierno de mi alma.
No te tengo; te espero, ¿por qué?, no estoy seguro, quizás por la magia de lo incierto y del amor, que de la mano contigo van. Tengo frío, mi alma se hiela esperando que el ocaso de tus labios llegue otra vez a mí.

Levantóse el guerrero de las batallas perdidas, volvió a intentarlo dejando atrás las lágrimas del glorioso pasado, ahora intenta sobrevivir sin su espada, sin la razón de su vivir.
Es de madrugada, el guerrero sonríe ya, abandona a la melancolía del amor y se para ante los problemas, ¿por qué he de esperar?, ¿por qué he de llorar?, ¿por qué no mejor he de olvidar, he de actuar? Decidido el guerrero va a actuar para su bien, va a olvidar todo
y volver a comenzar, antes de que tenga ya que acabar.
Las alondras cantan, las palomas vuelan, el sol se levanta; yo, soy otro. De ser el abandonado, el melancólico, soy ahora el guerrero, el guerrero de mi alma, el guerrero que he tenido escondido dentro de mi ser. Dios me alumbra, despierto del sueño de tristeza y de los recuerdos, ellos, sin embargo, me siguen persiguiendo; me escapo, no quiero volver a ser el que por ti fui.

El soldado cayó. Fue por un disparo al corazón, un disparo de sus enemigos los recuerdos. El soldado sigue yaciendo en el suelo, caído, no se levanta; ha muerto.
El sol se pone, la duda me carcome. Te extraño, creo, no estoy seguro, pero sí te sigo amando. No sé si te extraño a ti, a tu forma de estar conmigo o a tu recuerdo. Pero aun así, sea como sea, no me puedo sacar la bala de mi corazón, la bala que ahí clavada está, la bala de tu adiós.

Despertóse el muerto, arrancóse la bala de su corazón para ser el mismo que fue antes de conocer la derrota, para dejar de sufrir por lo que ya sufrió.
El sol se va; mi tristeza también. El viento me balancea por su pureza; soy libre, soy nuevo, soy otro, soy feliz. En ti ya no voy a pensar, porque por ti ya no he de esperar. ¿Para qué esperar?, digo yo, si esperar es estar por algo, para algo; yo ya no estoy por ti, para ti.

¡Au!, ¿qué me pasa, qué me duele, quién es? ¿Quién me quiere matar, o quién me quiere llevar?, debería preguntar. ¿Es alguien, eres tú o son los recuerdos, la melancolía?
No sé, pero lo que sí sé es que ¡Au!, me duele, no me levanto, la herida del pasado, de los recuerdos, tú herida me duele; no puedo…

¡Qué importa!, digo ahora, lucharé, pues, ante la adversidad, ¿lo lograré?, no lo sé,
pero he de intentarlo, aunque pierda y gane, aunque me rinda y me levante; yo voy a tratar de olvidarte sin importar lo que pase…

Las tetas perfectas son las de mi madre


Hoy en día cuando más vale el dinero y lo que se pueda hacer con él que los sentimientos y las intenciones no materialistas de las personas, se ha puesto mucho en conversación aquel espinoso tema de estos atributos que solo poseen las mujeres por algunas razones que solo Dios puede explicar: me refiero, sí, a las tetas. Algunas dicen que valen más falsas, que para qué tener “huevos fritos”, que, el que puede, puede, y que hay cambiarse de una vez lo que se tiene mal. Otras dicen que no se debe perder la identidad y que es mejor lo natural, por lo que se quedan con sus “huevos fritos”. Otras las tienen bien paradas, bien puestas, “como cañones” y no les interesa someterse a ningún tipo de operación, aunque lo hayan hecho para ponerse en punta la nariz o bajarse los labios o pómulos o algo de grasita abdominal.
Hoy he decidido hablar, así, sobre este tema en este pequeño artículo para poner en claro mi opinión.
El humano es una raza que siempre va en busca de la perfección, no se cansa con lo que tiene y con su curiosidad y sus sentimientos y sus instintos va en busca de más; nunca parece conformarse. Así va desarrollando nuevos objetos, nuevas tecnologías que de pronto ayudan a hacer algo con lo que antes ni se soñaba, como por ejemplo, disminuir problemas corporales como la grasa o bien aumentar atributos como el trasero, los labios o las ya citadas y polémicas tetas. Pero, a todo esto, ¿qué son unas tetas perfectas? ¿Son acaso tetas grandes, tetas firmes, levantadas, redondas? ¿O son acaso tetas con las que se pueda hacer todo lo que Dios manda? Entre tantas máquinas y operaciones y diferentes opiniones, ya nadie sabe qué son unas tetas perfectas. Habría que pensar, o, mejor, que recapitular.
Primero, las tetas cuando la mujer es pequeña no sirven de mucho, si es que para algo, y son una parte del cuerpo más. Después cuando el tiempo pasa y la que fuera niña va madurando en todo el sentido de la palabra, son las tetas un método de placer de lo más íntimo, que con el paso de los años, se vuelve compartido. Ahí puede venir la decisión de la operación: cuando las tetas se “comparten” puede ser que al marido no le gusten chiquitas, pero, digo yo, acaso marido y mujer no se tienen que respetar mutuamente y aceptarse cómo son y buscar un punto de equilibrio entre los dos que los llevará por la vida unidos y algo felices. Por eso opino, que si se tiene las tetas chicas, el marido las debe aceptar cómo son y punto. En fin, para seguir con la recapitulación, recordemos, que después de compartir esos atributos ahora, prácticamente se prestan a otra persona como alimento: al hijo. En ese instante, el tamaño no importa, tan solo la leche y más aún el amor con el que la madre la da, la paciencia (el don imposible), la pasión. Así el niño podrá desarrollar un amor más grande y la misma pasión de la madre y la paciencia y el cariño.

Ahora que ya recapitulamos, me toca decir qué son para mí unas tetas perfectas. Para mí unas tetas perfectas son las que aman, las que dan de lactar con esa pasión que antes ya usaron al compartirlas con su pareja, a quien amó y aceptó. Las tetas perfectas son las de una mujer con amor y cariño para compartir, no con plata ni gusto para el tamaño…Las tetas perfectas son, sin discusión, las de mi madre.

Un poema, tómalo como despedida


Palabras a medias,
tristes monólogos,
estúpidas preguntas,
recuerdos, solo recuerdos.

Crueles frases,
malditas oraciones,
malditas aquellas últimas,
vientos antiguos, espera.

Espera, un poco más espera,
disfruta, un poco más disfruta,
mira, un poco más mira,
vive, ya no más vivas, muere.

Refugios de mentiras,
cuarteles sin dueño,
llantos, miles de llantos,
gritos, miles de gritos.

¿A dónde se fueron,
a dónde huyeron,
te fuiste con ellos,
yo me quedé, otra vez, solo?

Libros escondidos,
dónde estarán,
dónde estarán además
esos días,
dónde moran ahora
que de mi mente escaparon,
dónde estarán aquellos momentos.

Dónde estarán,
dónde estaré yo,
ella, dónde estará
y tú, tú, dónde estás.

Cumplir años

Yo sé lo que es cumplir años. Una vez por cumplir años me regalaron un perro. Yo sé lo que es tener un perro. Sé lo que es que se muera mi perro. Bueno sé lo que es matar un perro. Pero al fin y al cabo morir es morir, pase lo que pase. Así como ser persona es ser persona, pase lo que pase, ¿no? Ayer fue el cumpleaños de mi papá. Él no tiene perro, tampoco mató a nadie, pero ayer cumplió años (no sé cuántos) y le dieron regalos. Yo le regalé un libro. No le gustan los perros. A mí sí, pero yo ya no tengo a mi perro. ¿Ya dije que se murió? Solo se murió. Era muy joven, menos que yo en edad humana, pero más que yo en edad perruna. No sé por qué las edades son distintas. Al fin y al cabo, todos somos seres vivos, pase lo que pase; pero nosotros, ahora que me pongo a pensar, somos personas.

En unos meses es mi cumpleaños, espero que me regalen una bicicleta (pero hay pocas opciones que pase eso: a mi madre creo que no le gustó cuando tuve una, a mi padre tampoco; supongo que tampoco a mi perro), aunque no estaría mal que me regalaran una guitarra. Me gusta mucho la música, a mi papá no. A él no le gustan muchas cosas, o nada que a mí me guste. Creo que no le caigo bien. No sé por qué. Lo único que he hecho ha sido, justo después de lo del perro, ver morir a mi madre. Porque, al fin y al cabo, morir es solo morir, pase lo que pase, ¿no?

Invierno

Potamoi toi autoi dis ouk àn embaíes-Heráclito

Da sus primeros pasos, acaso inocentes, por el ya casi incoloro sendero del día una mancha oscura, sub yaciente, que mira y vuelve a mirar todo a su alrededor con una amplia melancolía. Algo no está bien, hay algo que debe haber cambiado, antes no era así. Su rostro no muestra esta figura, sus palabras no se escuchan, tan solo se siente su impalpable presencia por alguna de aquellas tortuosas razones que ni Dios ni el destino pueden explicar y que tan solo se pueden intentar, con dificultad, imaginar. El tiempo ha pasado, eso es seguro, y con él la felicidad o algo de ella, la alegría, la ingenuidad acaso ya inexistente; antes no era así, todo ha cambiado mucho, hasta mis recuerdos borrosos y distorsionados ya no son los mismos que antes o no sustancialmente. Poco a poco va entrando a campo conocido, aquella mancha, y poco a poco, y con miedo, se va haciendo más grande (no visible), poco a poco se va sintiendo más, poco a poco se va expandiendo en la aterradora y temida verdad que es el día, va pasando por las personas a las que se les ve cómo son realmente (qué terrible, qué desventura), va escondiéndose y saliendo, va haciéndose poco a poco más fuerte, poderosa. Día terrible es este, todo ha cambiado como ya viene haciéndose costumbre, pero esta vez ha cambiado más, peor; pero ya nada puedo hacer, al fin y al cabo, tengo que seguir entrando inexorablemente en este territorio quizás demasiado o muy poco conocido para mí, qué desventura. Pronto todos se van dando cuenta de su presencia, pronto todo vuelve a ser como hace doce meses o parecido, pues nada nunca es igual, porque el tiempo siempre pasa y hace que todo evolucione (vivimos en evolución constante), nadie se baña dos veces en el mismo río, dijo Heráclito, nadie puede volver dos veces al mismo lugar, ni siquiera aquella mancha que extrañada ya está en su más grande expresión, lo demuestra el viento, las nubes, y las gotas tristes que caen en las personas, en los árboles, en los animales cambiados, todos cambiados todos distintos…Nadie se salva del tiempo, ni siquiera yo que he llegado por fin donde tengo que estar y tengo miedo, tengo miedo de recordar esto por siempre o de no recordarlo, tengo miedo al tiempo, a su decurso siempre irremediable. La tarde llega y la mancha ya se siente aún más y se ve resumida en el agua que cubre sigilosa, triste, melancólica, el suelo que ha sentido tantos pies, tantos pasos, tantas manos, tantas caras heridas, tantas personas que en días como hoy han balbuceado titiritando: el invierno ha llegado.

Ensayo sobre el corazón

Desde hace mucho tiempo el corazón, músculo que nos da y nos quita la vida, ha dejado de ser solo eso y se ha convertido en una imagen de amor y pasión para la sociedad. La verdad, no sé cómo ni cuándo ni por qué, llegó a suceder esto, no sé por qué la mente no tomó el lugar nunca del corazón; lo único que sé con certeza es que esto ya no cambiará. Y así seguirá esto por siempre, esto a lo que ya nos hemos acostumbrado mucho, tanto que nos es difícil imaginar un mundo sin este símbolo.
¿Qué es el corazón?, pregunto a cualquier persona y aunque algunos me hablan del músculo, todos sin excepción dicen algo como esto: es con lo que se siente el amor, por él lo sentimos, por él hacemos lo que nos gusta. Pero, cómo sabemos esto, por qué la mente no es el signo de amor, o los bíceps o tríceps (no, los bíceps y tríceps, no). El corazón no es el que da amor, no es tampoco como tantas veces dicen, al que hay que obedecer para tomar una decisión; el corazón es un músculo, que como ya he dicho, lo “único” que da y quita es la vida. Quizás por eso, es que en algún momento de nuestra tan amplia historia, se le dio un papel a este músculo tan importante, que rebaza la ciencia y el cuerpo humano y que llega al siempre polémico lugar de los sentimientos.
El amor es un sentimiento y como tal no está en ningún músculo, en ninguna parte descriptible científicamente del cuerpo. El amor está adentro, en el alma, si esta existe, y es el que forja toda relación en serio, todo futuro certero en el siempre oblicuo camino aquel de lo imperceptible, de lo implícito. El alma guarda siempre este particular sentimiento, y este por tanto no está en otro lugar nunca.
“Decide con el corazón”, es una frase muy común que demuestra todo lo dicho. Nadie puede decidir con un músculo, para nada, pero sí se puede decidir utilizando el amor como guía. Eso sí es posible, y es además lo que muchos hacen, aunque pensando siempre en aquel músculo.
El corazón late y late y en ningún latido brota de pronto una implícita sustancia, el corazón se concentra tan solo en su trabajo y el amor en el suyo. “Casi no se ven las caras”, aunque quizás sin corazón o sin sus latidos no existiría—entre otras cosas—el amor.
¿Pero por qué tiene el corazón esta importancia amorosa? Esta es una buena pregunta que muchas veces me hago y la respuesta puede estar en nosotros mismos, creo yo. El humano necesita explicaciones y relaciones sobre lo que ve y vive y al darse cuenta de la existencia de este sentimiento llamado amor, no se le ocurrió otra cosa que relacionarlo con el corazón, acaso lo más importante de y para nosotros. También pueden haber muchas otras explicaciones, pero creo que ninguna (incluyendo la mía) estará del todo correcta y tan solo nos debemos conformar con escuchar esa verdad que en verdad es mentira y por qué no participar de ella, pues tengo la certeza de que esta no cambiará jamás y se mantendrá así por siempre en nuestra sociedad y dominará, entre otras cosas, nuestra vida cotidiana.