sábado, 15 de mayo de 2010

De un comienzo, de un final

Un poema de este autor jamás será
lo que mis ojos han de ver,
lo que mis ojos han de ser
y lo que en mí vacilará.

Las ruinas, de donde erigieron
la existencia humana
no sólo no nos sana,
sino que además conmigo nacieron,

así como con mi padre existieron, siendo
él al final el polvo que va huyendo,
mientras se queda en mí.

Aunque debo admitir: es muy tarde,
este poema, con sus versos, arde
en las mismas ruinas, que soy, seré y fui.

Inexorable metamorfosis

Como en las más salvajes obras,
cual penetración necesaria y potente
la vida llama a la muerte, que se siente
lejos de todo pavor, lejos de toda vida y sus sobras.

Los cuchillos se han clavado,
las oraciones se han perdido,
los mismos oídos, nutridos
por tanta duda, se han salvado.

Y como no podía ser de otro modo:
Dios se mezcla en el lodo,
y termina perdiendo dignidad,

termina perdiendo omnipotencia
y es un humano más con insoluble decencia,
alejado, muy alejado de toda eternidad.

En el supermercado

Y como en Termópilas
o como en Maratón,
corren y luchan
con espadas y escudos
espartanos y atenienses;
como con los niños
en el Pacífico,
los cabitos frente a los chilenos,
un mar de dudas se abre
y caen las esperanzas de un adiós,
de un comienzo,
cuando cuelgan los ojos en un cartel,
lejos del rostro, lejos de Dios.
Y Ghandi desaparece,
la obscuridad perece,
el tiempo pasa más rápido,
las noticias atraviesan corredores;
las madres superando la adversidad verde
por sus hijos;
los padres arrancados de su paz dominical;
los hijos soñando
con la chica desnuda debajo de reflectores.
Y es que acá,
el más rico combate con el pobre,
aquí todo hombre es minero,
todo hombre busca sacar el cobre
y blasfema cuando por los cielos lo ve,
cuando se escapa de sus manos,
cuando su tanque de guerra es robado
por un cabito sin uniforme…
y aparece,
dentre los cielos,
Zeus, dios de dioses,
quien con su rayo destruye imploraciones,
las convierte en más ofrecimientos,
en más oraciones,
y luego el bip
y el apretujamiento de bolsas
nos despierta del profundo letargo
y nos pone inmersos
de nuevo
en cada segundo,
en cada victoria posible,
para así poder llegar a casa,
destrozados, cansados,
y sin embargo vivos
con el sublime y magnífico sentimiento,
que todo lo que hay alcanza.

viernes, 12 de febrero de 2010

A las musas

Como dolor que desgarra el alma,
cual sangre roja tras la guerra
y, entre la lluvia,
pupilas atentas.

Una gota de tinta cae
en el inhóspito papel,
que narra las batallas
jamás libradas,
entre versos y letras.

Y llora el poeta,
tras acabar su obra,
y nadie lo escucha,
él tampoco, quizás.

Y se va ahogando
en aquel mar,
mientras el viento lo empuja,
intentando flotar.

Intratable marea,
incesante agonía,
la noche de un hombre
y del poeta, el día.

Ruge la libertad
cuanto la literatura le hastía
y entre alguna sonrisa,
se confunde la vida.

Sostén de las verdades,
de las mentiras,
de los sufrimientos:
tan sólo papel.

Volando por el cielo,
sin siquiera despegar
la música de los poetas,
va durmiéndolos,
entre la vida y los besos,
confundiéndose ellos sin saberlo,
mareados por el éxtasis,
(entre creaciones,
realidades
e ilusiones)
de noches y días,
de excelsos paisajes,
de lúgubres armonías,
que les brindan,
indiferentes, tranquilas
y a veces confusas
aquellas indomables damas,
llamadas musas.

¿Es esta una balada?

Es esta una balada,
de aquellas que Homero no escribió,
una Odisea,
un Ulises de Joyce,
una obra de arte con todo rigor.

Y es que los versos que uno escribe,
se van uniendo,
al unísono compás
de la tenue obscuridad;
al mismo paso insoluble
de todas aquestas nubes,
de todo rincón escondido
por el firmamento lúgubre.

Intrínseco deseo el del poeta,
que escribe y escribe,
deseo de gloria,
deseo de ser libre.
Y la incesante verdad,
se pasea festiva
y muestra los atributos
de su enorme fealdad.

La noche se ha vuelto día
y el poeta se ha unido a la orgía
de todos aquellos guerreros,
que no se rindieron
y que tan solo murieron
bajo la responsabilidad
de este magno gobierno.

Y es que este poema
yo no lo escribo,
lo escriben todos aquellos;
es un grito,
es un arte,
es ya más que una libertad;
son letras, son versos,
que se escurren por el suelo
y se manchan con sangre.

Es la sangre, es la muerte,
son los poetas, son los poemas,
y, sobre todo,
es la esclavitud,
que a, casi todos, condena.

sábado, 9 de enero de 2010

Las tierras de Afrodita y sus colindantes

Mas no pudiera ser
cuanto el hombre es,
sin cuanto al mismo le espera,
tan lejos, tan cerca.

Cual palabra no dicha
e inocua agonía
llora la vida
cuanto al amor le hastía.

No pudiese soñar
sin lo que veo,
no pudiese vivir
sin lo que sueño;

ni tampoco pudiese amar
sin lo que siento,
rápida invitación
al final cruento.

No hay reminiscencia que valga,
no hay despedida que evite
y tan solo uno muere,
tan solo uno ya no vive.

Y otra vez observo la vida,
me has quitado mi amor,
y me acerco a la muerte,
te extraño, dolor.

Hay tantas despedidas,
hay tan pocos amores,
hay tan solo una vida,
y me alcanza la muerte.

Ya no te he de ver la cara,
no me tendré que esconder,
sabes que no lo quiero,
sabes que te quiero perder.

Me iré pronto o bien tarde,
me iré por ti tal vez, y adiós ardor,
pero no quiero,
si ya te extraño, dolor.