Una noche. Dos noches. El tiempo pasa, cholo, el tiempo pasa. Dos jóvenes. Un joven. Ten cuidado con lo que haces, con lo que dices, hermanito, cuídate, siempre cuídate. A ellas hay que tratarlas como hay que tratarlas, mocoso. ¿Y a ellos? Los dientes o, mejor dicho, el espacio en el que tendrían que hallarse, notorio, grande, abriendo y cerrándose a un veloz compás formando así una especie de sonrisa. Yo: risita mentirosa como me enseñaron. Si vas a mentir, hazlo bien, no seas tan huevón. Las estrellas titilantes, dibujando desde el cielo la soledad; no, la tranquilidad, amigo. ¿Sí, en serio? ¿Es eso tranquilidad? Otra risa ¿Será como la mía?
En una noche cualquiera anterior. Claro, en el pasado, porque todo pasa y el futuro de un niño es el presente de alguien más, de otro yo quizás, y el pasado de, quién sabe, un adulto. Esa noche antigua, estrellada también, otra vez solo; pero no, no, ya está llegando, ya llamó, ya avisó. ¿Y la casa? Lejos, por suerte. Y por fin aparece como una figura emblemática, sublime de alguna obra, entre la oscuridad. Saludo. Se sienta mi lado. De pronto todo lejano: la voz de mi padre hablando de esa chica del colegio, mi madre y su apoyo irracional y acá: ambos sentados. Sentados. El pasto en el culo, mi mano, pequeña, tan pequeñita esa mano suya, que tantas veces vi, rozando la pierna. Ese mismo día, más temprano, al sol no lo veía; estaba en mi cuarto, con la bragueta abierta y la misma mano, más adentro; no me encontraba del todo incómodo. La luz de la computadora jamás muda mostraba aquellos cuerpos curvilíneos, aquellos pelos largos, esos orificios desnudos y sin frío, esa boca mía haciendo muecas y la grave voz del viejo (“todo hueco es trinchera”) resonaba en mi mente....y jala, jala, jala más fuerte; vamos, tiene que salir, sal, sal; es inútil, no sale, no va a salir. ¿Y si cambio? ¿Si abro otra página? Miré a todos los lados. La puerta cerrada. ¿Qué diría mi padre? ¿Qué hubiese dicho en aquel preciso momento? Si mi madre no está, nada, a menos que cambie la página efectivamente. ¿Y qué diría mi madre? ¿Invocaría a Dios, llamaría a sus amigas? Como si lo pudiera saber o, siquiera, adivinar. Entonces, entre el silencio que es bella y nefasta incertidumbre, cambié la página y el “sal, sal” se eliminó o desapareció automáticamente, porque simplemente salió, lo eyecté.
Más tarde, esa noche: dos jóvenes. La mano, su mano, los labios, nuestros labios, la casa, ¿qué casa? La vida es el presente y ése era el presente, pero se fue con él, su padre se lo llevó luego de despedirnos. No nos vio, pero su voz, su torpeza, su tosquedad: vamos ya, hijo, no seas lento, caracho; lo seguí.
Todavía algunas visitas más: hola, cómo estás; mentir en el colegio, esquivar a Susanita, pero verlo a él también. ¡Atienda, Ramírez!, no, no puedo, pero debo dejar de mirarlo. Su mirada se aparta, la mía también.
Una noche, aquella noche, la presente: la última…siempre el tiempo. No te preocupes, ma, llego antes de las diez, no, no tienes que llamar al taxi. No lo llamó. Ya juntos, se yergue ante mí, no sólo él, sino también y de manera definitiva lo que se venía venir: un adiós y despierta, has vuelto (han vuelto); al teléfono Susanita, que la ayude en inglés, no, eso no quiere y yo no quiero hablar: colgué. Sus ojos me hablaban, ninguna palabra más y, otra vez, el tiempo: adiós.
Otra noche, aquella segunda, aquella soledad. ¿Espero? Espero ¿Sí, espero? Espero. Todo acabado, adiós al paréntesis, al sueño (primero y último), a la irrealidad efímera, a la digresión.
-Hola, llegué-me dijo Susanita. Aún sentado, volteé. Una risita y, entre sus ojos azules y sus curvas marcadas por esa pose altiva, una verdad enorme y un futuro inexorable.
jueves, 9 de junio de 2011
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bueanso!
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