“Soy el cantor de América, autóctono y salvaje”,
dice el poeta, dice el peruano.
Dos palabras, parece,
enemigas entre sí.
Elevados,
como muertos,
los versos,
en el Olimpo
construyen la Acrópolis:
cercenadas palabras,
enajenado el reino.
Dios, dónde se esconde:
muerto, muere, dicen,
a la sombra del sol.
Los letargos
al servicio de la ausencia
y de la presencia,
son todas palabras vanas,
delicadas, banales,
duerme la humanidad.
Triviales, sutiles,
las damiselas, las musas,
despiertas, corren,
se arrojan a nuestros brazos,
los muerden,
somos peruanos,
vampiresas que muerden el cuello,
la eternidad, empero,
nos dará la espalda
es efímero el placer, el dolor,
nos ahorcan, todo es letárgico
o agónico,
sólo sufrir,
nada más, y
por partes,
cercenadas,
sí-la-ba por sí-la-ba
o
l-e-t-r-a por l-e-t-r-a,
tampoco eso,
sin orden, sin convicción,
en cautiverio, no podremos,
parecemos impasibles,
adiós,
también del deseo,
alejado todo,
imposible diagramarlo
o dibujarlo,
ni los dioses,
nadie ha de maquinarlo,
alejémonos mejor,
y ya nos vamos.
Sólo sufrir,
las musas nos estrangulan,
al poeta, al peruano,
nunca fue la muerte tan amarga
como un agrio estrépito,
o varios,
lo sé,
la luna es caprichosa,
salvaje, el sol también,
nos morimos,
fornicamos y el infinito
nos guiña el ojo,
condescendiente,
comemos, dormimos,
la cama, la almohada,
las sábanas, el alcohol,
tanta comida,
no más, deseo la muerte
o el sufrimiento,
pero no, no, oh, vida,
te lo pido,
no esto.
Cualquier cosa menos esto,
enraizado al sol, enmarañado me encuentro,
desterrado tal vez, enajenado, obstruido.
Oh, peruano, el poeta ha muerto,
como Dios,
desde acá,
sin verso ya,
vacío, a ti,
desde los anales del alma,
compongo estas líneas,
a ti, querido hermano mío,
te compongo, autóctono y salvaje,
este réquiem.
jueves, 9 de junio de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario