jueves, 9 de junio de 2011

Marionetas

Esperé durante dos horas. Supuse que no iba a llegar. El sonido de las bocinas, los gritos de los transeúntes, el humo de las fábricas, las líneas de cebra llenaban el camino y no, no iba a llegar; el teléfono, la presión: estaba tarde. Se ponía el sol dejando cúmulos naranjas en el cielo no tan azulado, ten cuidado con la gente, cholo, ten cuidado con dejarme plantada, porque si no llega, él sabe que se acaba. Dos horas. Tanto puede suceder en dos horas. La vida es un caos, un azar de situaciones, en el que no somos, a veces, más que marionetas. Todo puede suceder a la vez que no y cambiar lo planeado. Hay tanto que pudo ser y no fue, hay tantos “si” y “hubiera” posibles. Todo lo sucedido pudo no haber sucedido y yo pude no estar acá, pero ella sí me espera, no sé si es eso lo mejor o lo peor que pudo suceder, aunque seguro lo peor para él está por pasar.
Unos minutos más, un semáforo más. Llegué. Es él. Cuidado, no pues, papito, no me cierres así: perdón, lo único atino a decir para poder llegar. Allí está ella. Allí está él.
-Aquí está tu encargo-me dijo nervioso, entregándomelo en un sobre manila, doblado, pulcro. Sus ojos apenas me miraban. Su boca torcida estaba fría, seca.
-Gracias-respondí.
-¿Me quedo?
-Sí, quédate-para qué. Luego de todo esto, ¿me quedo?
Las horas pasaron como siempre pasan. El tiempo sigue su curso como un río interminable y las personas somos parte de él, por lo menos durante nuestra efímera existencia: el tiempo siempre pasa y con él cambios acontecen, en todas partes…aquella ley inexorable. Al regresar al carro le di un beso. Ambos sabíamos que ninguno había tenido suerte, si cabe utilizar ese intrincado término. Lo que podíamos hacer, lo hicimos y lo que no, no. Ahora nos teníamos que ir.
No sé si ese beso fue en la boca, en la mejilla ¿dónde? ¿A dónde se fue en su auto? Seguro volvería, pero aquella oportunidad o aquello sucedido se acababa, al final le urgía y le decíamos adiós a ese pequeño escape de ambos; era hora de regresar. Regresar ella con más dinero en sus bolsillos y yo con ganas de ver a mis hijos, a mi mujer. Lo de engañarnos a nosotros mismos ya había sido consumido cual llama inerte, acaso salvado por el cercano y hambriento olvido.
El camino fue como solía ser; aunque en el taxi sentía tremenda lentitud, mientras el carro amarillo pasaba a otros. Recordé una frase que él me enseñó, como un suspiro, como si viajara y pasara a mi lado, acaso a velocidad. Era de un filósofo griego, Epicuro. Era sobre el futuro, sobre la vida no conocida y las ganas de conocerla: “El que menos necesita del mañana, avanza con más gusto hacia él.” Llegué a la casa. Marilyn me saludó con un guiño. No sé en relación a qué. En todo caso me esperaba el señor Álvarez en el cuarto de siempre: ven aquí, mamita, he vuelto, hazme sentir en casa, mi amor.
Esa semana no lo vi, estaba tentado de ir, pero el trabajo, mi hijo, la compra de una Van.
Las semanas siguientes vino como de costumbre, un poco menos quizás. Hasta ahora viene y a veces le toca conmigo, a veces con las otras, no lo decido yo. Todavía seguiré yendo durante un tiempo indefinido y yo estaré aquí, acaso por mucho tiempo; nos seguiremos viendo, eso es seguro, lo demás se lo dejo al olvido.

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