jueves, 9 de junio de 2011

Mar

No son los heraldos negros de la muerte.
Tampoco el laberinto de Asterión.
Mucho menos la voluntad crepitante de un dios muerto.
Es el armónico ir y venir durante la herrumbrosa noche.

Más tarde,
cuando perdure y arda lo perdido,
cuando los excrementos se unan
en la cima del mundo,
y los impíos forniquen con los ángeles,
cuando la eternidad deje de sonreírnos,
condescendiente,
por todo el camino
y cuando no sea yo sino un vertedero de palabras,
cuando el silencio muera
a manos de la presencia,
traicionera...

La espera no muy lenta,
los lamentos demasiado largos
y también colonizan la visita
los inanimados letargos
de una visión ampliada
de este monstruo que es el mar.
Sólo él me ha oído callarme,
entre él y yo,
un vacío ha sido erigido
por las ruinas,
se yergue ante nosotros
y vacila entre las sales del mar.

Más allá de nuestros dedos,
no está sino el horizonte imaginario,
se estira en azul
y una ola
dibuja el adiós en esta noche,
desde el balcón hemos visto,
desde este pútrido lugar,
desde esta hediondez insoportable,
a los muertos retroceder a nuestro ritmo,
sólo es ahora, nos hemos de encontrar,
es así como se cumple la jornada
mirando, desde el presente efímero,
hacia el infinito de nuestro mar.

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