Y como en Termópilas
o como en Maratón,
corren y luchan
con espadas y escudos
espartanos y atenienses;
como con los niños
en el Pacífico,
los cabitos frente a los chilenos,
un mar de dudas se abre
y caen las esperanzas de un adiós,
de un comienzo,
cuando cuelgan los ojos en un cartel,
lejos del rostro, lejos de Dios.
Y Ghandi desaparece,
la obscuridad perece,
el tiempo pasa más rápido,
las noticias atraviesan corredores;
las madres superando la adversidad verde
por sus hijos;
los padres arrancados de su paz dominical;
los hijos soñando
con la chica desnuda debajo de reflectores.
Y es que acá,
el más rico combate con el pobre,
aquí todo hombre es minero,
todo hombre busca sacar el cobre
y blasfema cuando por los cielos lo ve,
cuando se escapa de sus manos,
cuando su tanque de guerra es robado
por un cabito sin uniforme…
y aparece,
dentre los cielos,
Zeus, dios de dioses,
quien con su rayo destruye imploraciones,
las convierte en más ofrecimientos,
en más oraciones,
y luego el bip
y el apretujamiento de bolsas
nos despierta del profundo letargo
y nos pone inmersos
de nuevo
en cada segundo,
en cada victoria posible,
para así poder llegar a casa,
destrozados, cansados,
y sin embargo vivos
con el sublime y magnífico sentimiento,
que todo lo que hay alcanza.
sábado, 15 de mayo de 2010
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